Jornada de 40 horas: el costo oculto para Uruguay

Jornada de 40 horas: el costo oculto para Uruguay

La reducción de la jornada laboral a 40 horas abre el debate sobre productividad, empleo, inversión y costos para toda la sociedad uruguaya.

40 HORAS: EL COSTO OCULTO DE LA “CONQUISTA”

Uruguay lleva demasiado tiempo estancado, con dificultades para crecer, atraer inversión, generar empleo y mejorar su productividad. En semejante escenario, la prioridad debería ser bastante evidente: producir más, invertir más y conseguir que cada hora de trabajo genere mayor riqueza.

Sin embargo, una vez más, el sindicalismo de inspiración socialista parece caminar en dirección contraria a la prosperidad: mientras el país necesita desesperadamente aumentar su productividad, nos propone como conquista trabajar menos horas manteniendo los mismos costos. El problema de Uruguay no es precisamente que trabajemos demasiado, sino que producimos demasiado poco para lo que cuesta producir.

El problema aparece cuando abandonamos el eslogan y hacemos la pregunta que casi nadie quiere formular: ¿quién paga los costos de esta medida?

El reciente acuerdo entre el SUNCA y las cámaras empresariales prevé reducir progresivamente la jornada de la construcción de 44 a 40 horas semanales sin pérdida salarial. Pero ni el Gobierno, ni los sindicatos, ni los empresarios tienen la facultad de hacer desaparecer los costos de esa medida mediante una firma.

La cuenta es elemental. Si por 40 horas se paga lo mismo que antes por 44, el costo salarial por hora aumenta un 10%. Es aritmética.

Ese aumento puede ser sostenible si la productividad crece en una proporción suficiente. Si gracias a mejores máquinas, tecnología, capacitación, inversión y organización un trabajador consigue producir en 40 horas lo que antes producía en 44, magnífico. Estaremos trabajando menos sin producir menos. Eso es progreso genuino.

Pero el socialismo sindical comete el delirio de pretender derogar las fuerzas inmutables de las leyes de la economía y lo que hace es invertir la ecuación: reduce primero las horas y supone que la productividad aparecerá después. Pero eso no sucederá.

La opinión pública debe comprender una ley económica muy sencilla: cuando se reducen las horas manteniendo la misma remuneración, aumenta el costo de cada hora de trabajo. Y ese costo extra alguien deberá absorberlo.

En economía, cuando alterás artificialmente una variable, el ajuste aparece por otro lado. Y casi siempre termina llegando al mismo lugar: tu bolsillo. Porque la economía permite trasladar costos, pero no hacerlos desaparecer.

Ahora bien: ¿Quién va a pagar el costo de esta “conquista social?

Absolutamente toda la sociedad, vean:

  1. Lo pagara el más vulnerable, que ve todavía más lejos la posibilidad de acceder a una vivienda propia si construir se vuelve más caro.
  2. Las pequeñas y medianas empresas constructoras, que no tienen espalda financiera para absorber aumentos de costos y se verán obligadas a reducir márgenes, mano de obra, personal o proyectos.
  3. Los propios trabajadores, porque cuando contratar se encarece algunas empresas responden automatizando tareas, reduciendo nuevas contrataciones o ajustando plantillas, mediante despidos o reducción de horas laborales.
  4. Los consumidores, porque parte de esos mayores costos termina trasladándose a un aumento de precios de bienes y servicios.
  5. El Estado, porque menos proyectos y menos actividad pueden significar menor recaudación en impuestos
  6. El BPS, si disminuye el empleo formal, las nuevas contrataciones o la masa salarial sobre la que se realizan aportes.
  7. Los jóvenes y trabajadores menos calificados, porque cuanto más caro resulta contratar, más difícil se vuelve incorporar a quien todavía tiene baja experiencia o productividad. Para proteger al trabajador que está adentro se termina levantando una muralla frente al que todavía está afuera.
  8. El empleo formal, porque mayores costos pueden incentivar informalidad, subcontratación o modalidades alternativas de contratación.
  9. Toda la cadena de la construcción: arquitectos, ingenieros, barracas, transportistas, proveedores, inmobiliarias y oficios. Cada obra que no se realiza significa menos actividad para muchos sectores.
  10. j) Los alquileres, porque si construir nuevas viviendas se vuelve más caro o menos rentable, puede reducirse la oferta futura y aumentar la presión sobre los precios.
  11. Las obras públicas, porque el Estado también contrata construcción. Si suben los costos, una misma carretera, escuela, hospital o vivienda pública costará más al contribuyente.
  12. La competitividad del país, porque Uruguay se vuelve relativamente más caro frente a otros destinos de inversión.
  13. La productividad futura, porque si las empresas deben destinar más recursos a sostener su estructura, queda menos margen para invertir en capacitación, tecnología, maquinaria e innovación.
  14. Las oportunidades que nunca llegan a existir. No solo importa la empresa que cierra o el trabajador despedido. También la obra que jamás comenzó, la empresa que nunca se creó y el empleo que nunca nació. Eso es justamente lo que no se ve.

Aquí queda expuesto uno de los grandes problemas de estas supuestas “conquistas sociales”: un sector obtiene un beneficio concreto mientras los costos se dispersan silenciosamente sobre el resto de la sociedad.

El verdadero engaño es mostrar únicamente al beneficiado y esconder a quienes pagan la factura, pero cuando ampliamos la mirada, el relato se derrumba por completo.

El beneficio se concentra en un sector: la construcción. El costo se socializa hacia el resto de la sociedad y queda invisible. Y después nos venden solamente la primera mitad de la historia.

Si trabajar menos manteniendo nuestros ingresos nos hiciera automáticamente más prósperos, no nos detengamos en ocho horas. Pasemos a seis. Después a cuatro. Finalmente trabajemos una hora diaria cobrando exactamente lo mismo.

El razonamiento por el absurdo demuestra qué falta en la ecuación: la productividad.

Durante dos siglos acumulamos capital, inventamos máquinas, desarrollamos tecnología, mejoramos procesos y multiplicamos la capacidad productiva del ser humano. Una excavadora permite realizar en horas lo que antiguamente requería numerosos trabajadores durante días. Por eso pudimos trabajar menos. No ocurrió al revés.

Las sociedades prósperas no se hicieron ricas trabajando poco. Pudieron trabajar menos porque se hicieron ricas y productivas.

Uruguay necesita crecer, y para crecer necesita desesperadamente más productividad, no menos. Necesita producir más riqueza, atraer inversión y recuperar una cultura del trabajo, del esfuerzo y de la responsabilidad que se ha debilitado. Mientras no consigamos producir más por cada hora trabajada, pretender alcanzar la prosperidad reduciendo las horas es empezar la casa por el techo.

Primero debemos producir más y mejor. Entonces podremos permitirnos trabajar menos. No al revés.

Esa es la verdadera conquista social.

No debemos juzgar una política por sus buenas intenciones ni solamente por sus efectos inmediatos sobre el grupo que recibe el beneficio. Debemos observar sus resultados y consecuencias sobre todos los demás.

Lo único seguro es que alguien pagará este privilegio conseguido por el sector de la construcción. La cuenta podrá esconderse, repartirse o diferirse, pero no desaparecerá.

Y si esta lógica se extiende a otros sectores de la economía que pretendan emular la “desconquista” del SUNCA, estaremos ante un problema gravísimo, una bomba de costos contra el empleo, la inversión, la competitividad y el bolsillo de todos los uruguayos, que solo traerá miseria.

Cuando un país entero pretende trabajar menos sin producir más, no avanza: se empobrece.

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